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Altagracia Salazar
Hoy en todos los diarios es primera planta el inicio del juicio Jetset y en letras chiquitas aparece que un barco pagó ayer más de cinco millones de dólares por cruzar el canal de Panamá. La cifra puede parecer un dato curioso y lejano, algo que no nos toca. Pero vamos a explicar por qué sí nos toca: la sequía que afecta la región está reduciendo los cruces por el canal, y esa reducción tiene un efecto en cadena que termina golpeando directamente nuestros bolsillos.
Para entender la magnitud del momento, conviene pensarlo así: pocas veces coinciden tantos factores negativos al mismo tiempo. Veamos cuáles son.
La gobernadora de Nueva York advirtió a los ciudadanos de su estado que los precios de la canasta básica subirán por encima de lo esperado. La razón: la guerra comercial que libra Estados Unidos con sus dos vecinos más cercanos, México y Canadá. Con Canadá el conflicto es abierto y declarado; con México es más discreto, pero no deja de ser una guerra comercial.
¿Por qué importa esto para los precios de los alimentos? Porque México es uno de los principales proveedores de productos frescos para el mercado estadounidense. Esos precios ya venían subiendo por el alza de los combustibles, subirán más por los nuevos aranceles, y subirán todavía más por lo que ocurre en el estrecho de Ormuz.
Aquí vale la pena detenerse a explicar dos rutas marítimas clave y su peso real en el comercio mundial, porque no son iguales:
El canal de Panamá mueve entre el 3% y el 5% del comercio marítimo mundial.
El estrecho de Ormuz, en cambio, es muchísimo más determinante para la producción agrícola global: por ahí pasa cerca del 30% al 46% de las exportaciones mundiales de urea, alrededor del 20% del comercio de amoníaco y fosfatos, y aproximadamente el 44% del comercio global de azufre (un insumo clave para fabricar fertilizantes con fósforo).
¿Por qué debería importarnos el azufre o el amoníaco? Porque esos tres elementos —nitrógeno, fósforo y potasio, conocidos como NPK— son la base de los fertilizantes de los que dependen las cosechas en todo el mundo. Si se encarece o se dificulta su tránsito, se encarece la comida, aunque el consumidor promedio nunca lo relacione directamente.
Ahora traigamos el problema a nuestro propio territorio. El gobierno dominicano está subsidiando los fertilizantes para amortiguar este golpe, pero ese subsidio tiene un límite fiscal. Y mientras tanto, ya comenzó el racionamiento del agua para uso agrícola en los bajos de los dos Yaques, porque —y esto es clave entenderlo— el uso agrícola del agua siempre queda subordinado al consumo humano cuando el recurso escasea.
La evidencia de esa escasez ya se siente en la capital: el sistema Haina-Manoguayabo, que abastece a más de 100 barrios, opera con una reducción de más de 70%, según la CAASD. Aun así, seguimos lavando carros con manguera, como si el problema no existiera.
La conclusión es preocupante: al igual que ocurre en Puerto Rico, donde esperan un huracán para ante problemas estructurales de infraestructura, es probable que los técnicos dominicanos estén esperando una crisis similar para atender lo que ya es, hoy, un drama profundo y grave. Uno que ocurre casi sin que la gente lo entienda o lo vea




















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