
La explicación es sencilla. La yuca, y por tanto el casabe, eran parte importante de la dieta taína. Cuando los españoles lo probaron, les encantó, pero no sólo eso: se dieron cuenta de que se conservaba mucho mejor que el pan.
Y es que el pan era propenso a llenarse de moho o gusanos, mientras que el casabe se mantenía intacto. Por eso, lo incorporaron a sus expediciones. En los barcos que partían rumbo al resto del continente, no faltaba casabe.
El casabe y la yuca también se convirtieron en símbolo de desesperación. Familias enteras de taínos extrajeron el veneno de la yuca para terminar con sus vidas de forma desgarradora, eligiendo este final antes que vivir bajo el yugo de la conquista.
Cinco siglos después, el casabe es hoy un producto vital para comunidades como Santiago Rodríguez o Dajabón. Por ejemplo, en Benito Monción, una de cada tres personas vive de forma directa o indirecta de esta industria, en la que las mujeres son protagonistas indispensables.



















