
Desde 1954, Ignacio López Amador se mantuvo en guardia, en el más prudente enmudecimiento, en la base principal de la Fuerza Aérea Dominicana, escenario de las más resonantes asonadas y los crímenes más espeluznantes.
Este miliciano saludó militarmente a Trujillo Molina y a su supuesto hijo, Rafael L. Trujillo Martínez (Ramfis), pero no supo lo más mínimo sobre esa criatura de la infidelidad y nos revela, en la tónica de la insistencia, que muchos de los asesinatos no se registraron en esas instalaciones, sino en la finca del jefe, en Hainamosa. (Seguir leyendo…)




















