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Altagracia Salazar
Ayer Javier Bardem dijo que la sociedad española ha normalizado la violencia machista dentro de una masculinidad tóxica donde algunos hombres creen que una mujer les pertenece y por eso la matan. Y lo dijo en España, un país que con todas sus contradicciones todavía discute derechos, igualdad y protección real.
Si Bardem aterrizara en República Dominicana probablemente terminaría horrorizado, porque aquí el propio Congreso promovió una campaña contra el feminicidio basada exactamente en la idea de que la mujer es propiedad del hombre: “déjala ir”. Se deja ir lo que se posee. Un carro, una casa, un objeto. Y varias diputadas presentaron aquello orgullosas, felices de producir una frase vacía que sonara bonita aunque reforzara la misma lógica enferma que dicen combatir.
Aquí seguimos maquillando el problema para no enfrentar su raíz: el feminicidio ocurre cuando un hombre siente poder sobre la vida de una mujer. Punto. Pero en República Dominicana jamás habrá una política pública seria mientras la clase política siga arrodillada frente a sectores religiosos que todavía venden la obediencia femenina como virtud y la sumisión como destino.
Y entonces pasa lo de siempre. Matan a una mujer y comienza el operativo de lavado institucional. Esta semana vimos el asesinato de Esmeralda grabado desde todos los ángulos posibles, otra mujer huyendo aterrada en Cotuí y el caso de La Toronja. Y aun así las instituciones parecen más preocupadas por protegerse ellas que por proteger víctimas. Alguien en el Ministerio Público incluso tuvo la brillante idea de publicar un acta donde se destaca que Moronta rechazó ir a una casa de acogida. Qué conveniente: si la víctima aparece como responsable de su propia muerte, entonces el sistema puede lavarse las manos. Hasta dejan caer que el asesino era “víctima”. Porque en este país siempre aparece una excusa para el agresor y una culpa para la mujer asesinada.
Y ayer la Policía dijo que no había registro de la llamada de auxilio de otra víctima. Traducido al lenguaje oficial: nadie falló, nadie es responsable, nadie vio nada. La muerta queda sola incluso después de muerta.
Lo más terrible no es la indignación momentánea. Lo terrible es saber que seguiremos contando cadáveres mientras funcionarios repiten campañas inútiles y discursos reciclados. Que mañana puede ser cualquiera: nosotras, nuestras hijas, sobrinas o nietas. Y entonces volverán los minutos de silencio, los hashtags, las promesas vacías y las estadísticas que los gobiernos enseñan como si fueran informes climáticos y no vidas destruidas.





















El Dominicano es tan sinvergüenza, que cuando yo critico ese comportamiento, me llaman haitiano 🤣🤣🤣, son peores que los Haitianos, porque los Haitianos.
Buscate una vida o conviértete en apátrida, si es cierto que eres dominicano. Como país, como sociedad tendremos muuuuucho que mejorar, pero la gran mayoría de las mujeres y hombres dominicanos son buenas personas y muy trabajadoras. Criticar es lo más fácil, si tanto sabes, aporta las posibles soluciones y mejoras para tener una mejor sociedad en vez de esa defecación oral y mental que excecras en cada comentario.
Y usted siempre llega puntual, para aprovechar cualquier avispero y sonar.