
La escuela Fernando Miguillón está sumida en la calma de su deterioro: afuera, una alta pila de butacas dañadas amenazan con derrumbarse. Adentro, las aulas que tuvieron la dicha de ser pintadas hace dos años no logran disimular las grietas de las paredes, que soportan un techo cuyos escombros permanecen intactos sobre las mesas y el piso en el que han caído. (Seguir leyendo…)




















