
República Dominicana.- Mientras fregaba en la casa de familia donde presta sus servicios, la dueña de esta historia contaba sobre cómo no ha dejado que el infortunio domine su vida. “… No era verdad que yo iba a dejar que la cárcel me comiera viva”. Suelta el plato que enjuagaba y se tapa la cara. Sus quejidos eran la prueba de que el llanto la había atrapado. Sus lágrimas se confundía con el agua que caían de sus manos. (Seguir leyendo…)



















