
Albet Pujols –siempre con un bate en la mano– y Plácido Polanco se mueven de un estadio a otro, observan las prácticas de bateo, de fildeo, hablan con novatos y veteranos, los aconsejan y charlan con ellos. Ninguno de los dos ha podido sanarse, “sudar” la fiebre del béisbol, que al parecer no la curan ni los médicos. Disfrutan sus nuevos roles como cuando jugaban al más alto nivel en las Grandes Ligas. (Seguir leyendo…)



















