
El domingo primero de octubre llegué a Nueva York con temperatura en 12 grados y el cuerpo entumecido por el estrés, casi vencido por el agobio y sin ganas de enfrentar una enfermedad letal parasitaria que poco a poco había tomado espacio en órganos vitales de mi cuerpo y sustraído casi todas mis energías. (Seguir leyendo…)




















