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Altagracia Salazar
Después de más de dos décadas de debates, comisiones, vetos presidenciales y múltiples proyectos fallidos, la República Dominicana finalmente dejó atrás un Código Penal redactado en 1884.
No se trata de un simple cambio de leyes. Es la sustitución de una legislación concebida para un país rural, con menos de un millón de habitantes, por otra que intenta responder a una sociedad de más de once millones de personas, atravesada por el crimen organizado, la tecnología y nuevas formas de violencia. La pregunta es si el nuevo código será capaz de transformar la justicia o si, como tantas otras reformas, terminará chocando con la debilidad institucional.
El cambio más visible es la incorporación de más de 70 nuevos delitos. El viejo código sencillamente no conocía fenómenos como el sicariato, la desaparición forzada, el terrorismo, el ciberacoso, la difusión de imágenes íntimas sin consentimiento o las estafas digitales. En la práctica, muchos fiscales tenían que forzar interpretaciones jurídicas para perseguir conductas que hoy forman parte de la realidad cotidiana. La nueva legislación llena ese vacío y actualiza el catálogo de delitos al siglo XXI.
También endurece el régimen de sanciones. La pena máxima pasa de 30 a 40 años y, cuando una persona sea condenada por la acumulación de varios delitos especialmente graves, podrá cumplir hasta 60 años de prisión. Ese aumento responde a una demanda social de castigos más severos frente al crecimiento de la criminalidad. Sin embargo, la experiencia internacional demuestra que elevar las penas no reduce automáticamente el delito. La verdadera diferencia la hacen la capacidad de investigación, la rapidez de los tribunales y la certeza de que quien comete un crimen será efectivamente condenado.
Otro cambio trascendental es que las empresas dejan de ser simples espectadores del proceso penal. Por primera vez podrán responder penalmente cuando se beneficien de actos de corrupción, lavado de activos, delitos ambientales o fraudes cometidos en su nombre. Esto acerca al país a estándares internacionales de cumplimiento corporativo y obliga al sector privado a fortalecer sus mecanismos de control interno.
El Código dedica una atención especial a la violencia contra mujeres, niños y adolescentes. El feminicidio adquiere un tratamiento específico y se amplían las sanciones contra la violencia intrafamiliar, la explotación sexual, la trata de personas y la pornografía infantil. Además, incorpora la violencia económica y patrimonial como una forma de agresión que durante años permaneció prácticamente invisible para el sistema judicial.
Quizá ninguna parte del nuevo Código refleja mejor el cambio de época que la dedicada a los delitos tecnológicos. Hoy una persona puede destruir la reputación de otra desde un teléfono celular, extorsionar mediante redes sociales o robar identidades digitales sin disparar una sola bala. El antiguo Código Penal simplemente no estaba diseñado para enfrentar esa realidad. El nuevo intenta cerrar esa brecha.
La protección del medio ambiente también adquiere una dimensión inédita. La legislación tipifica delitos relacionados con la contaminación grave, el tráfico ilegal de especies, la destrucción de áreas protegidas y otras conductas que antes encontraban respuestas dispersas en leyes especiales. En un país donde los conflictos ambientales son cada vez más frecuentes, esta actualización era prácticamente inevitable.
En materia de corrupción pública, el Código fortalece las herramientas para perseguir sobornos, enriquecimiento ilícito, malversación de fondos y otros delitos cometidos por funcionarios. Sin embargo, aquí aparece una de las grandes interrogantes. El problema de la República Dominicana nunca ha sido exclusivamente la falta de leyes. El país ha demostrado en numerosas ocasiones que puede producir buenas normas, pero enfrenta enormes dificultades para aplicarlas con independencia, rapidez y sin privilegios políticos.
Precisamente por eso, el éxito del nuevo Código no dependerá únicamente de sus artículos. Dependerá de la capacidad del Ministerio Público para investigar con rigor, de jueces que actúen con independencia, de policías capaces de reunir pruebas científicas y de un sistema penitenciario que no siga funcionando como una escuela del crimen. Una legislación moderna administrada por instituciones débiles produce resultados limitados.
