‘Después del discurso qué…’ (video)


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Altagracia Salazar
Si hay algo absolutamente predecible en la República Dominicana no es el clima ni el tránsito: es lo que pasa cada 27 de febrero con la rendición de cuentas.

El guion está escrito. El presidente enumera todo lo que hizo —y de paso lo que hará, aunque la Constitución no le haya pedido el tráiler de la próxima temporada—. La oposición responde que nada sirve, que todo está inflado y que el país va rumbo al apocalipsis. Y así, año tras año, el mismo libreto con actores intercambiables.
Los medios cumplen su parte: la pasarela, los vestidos, quién llegó tarde, quién no saludó, quién bostezó. Horas de transmisión antes, durante y después. Porque el espectáculo hay que estirarlo hasta que rinda.
Ahora bien, hay algo que conviene decir con frialdad: ni el discurso es magia ni la oposición alquimia. Si el mandatario inventa una obra, la comunidad que vive al lado sabe si existe o no. Las calles no se pavimentan por decreto retórico.
El viernes recordaba que Luis Abinader lleva dos meses inaugurando obras. No sabemos si estaban retrasadas, si eran compromisos viejos o si el calendario se acomodó al discurso. Lo cierto es que la cinta se ha cortado con entusiasmo olímpico.
El verdadero talón de Aquiles fue el balance económico. Ahí no hay maquillaje posible. El crecimiento que venía por encima del 3.5% cayó por debajo del 2.5%. Y eso no es percepción: es bolsillo. Durante seis meses el gobierno restringió el gasto y la economía lo sintió. Cuando el Estado aprieta, el mercado tose.
Convertir esa desaceleración en relato épico es complicado. Por eso Leonel Fernández prefiere hablar de “neveras vacías”. Es una imagen poderosa. Otra cosa es si la nevera sigue igual o ya alguien fue al supermercado. Pero en política la metáfora pesa más que la factura.
En su discurso, Abinader apostó a dos cartas: anticorrupción y alta tecnología. La primera conecta con el hartazgo ciudadano; la segunda con el futuro. Google, Nvidia, puerto espacial en Oviedo… Hay una parte de la población que no siente a Google ni a Nvidia en la esquina del barrio y tampoco entiende muy bien qué hace un cohete mirando al Caribe.
Pero los jóvenes sí miran hacia ahí. Y a muchos de ellos les interesa más el algoritmo que la nevera.
Al final, el 27 de febrero no cambia el país. Solo confirma algo que ya sabemos: aquí cada quien escucha el discurso que quiere escuchar. Y al día siguiente, el tránsito sigue igual.

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