
La sala está abarrotada en el Hospital Juan Pablo Pina, en San Cristóbal. Largas filas, asientos ocupados algunos visiblemente deteriorados, a punto de colapsar y rostros cansados que evidencian que el día empezó mucho antes de que amaneciera. Hay pacientes con yesos y cabestrillos, mujeres embarazadas con la mano en el vientre, niños en brazos y otros caminando de la mano de sus padres o tutores. Algunos conversan en voz baja; otros, simplemente esperan en silencio. (Sigue leyendo…)




















