
Los neoyorquinos están acostumbrados a todo tipo de ruido: motores estridentes, tubos de escape modificados para romper los tímpanos, música a alto volumen procedente de bares, restaurantes y molestos vecinos, pero el ‘sexo ruidoso’ parece haberse convetido en la última pesadilla de la Gran Manzana. (Seguir leyendo…)
