Dominicana en África: de safari por el sur del continente


Maricha Martínez Sosa
Saludos saludables, de este lado de la pantalla Maricha Martínez Sosa para contarte algunas de mis experiencias como #DominicanaenAfrica.Hay una serie de actividades que solamente se ven en las películas, en los documentales de los sábados por la tarde y en las revistas, y por ello uno las percibe como algo a lo que sólo pueden tener acceso las estrellas de cine, los millonarios de Wall Street, los jeques petroleros y, básicamente, cualquier tipo de persona que esté ‘forrada de efectivo’.

Como yo -aún- no pertenezco a ninguna de las categorías anteriores, aunque había fantaseado infinitas veces con accidentalmente verme inmersa en alguna de esas actividades súper exclusivas (como cuando me hago el cocote de ganar la lotería que nunca juego), por mi cabeza jamás había pasado el que en el mundo real y con tan solo 33 años yo acabaría haciendo una de ellas: irme de Safari en África.

Creo que ya lo he mencionado en artículos anteriores, pero es que lo mío es a tal punto que en mi familia y círculo cercano hay quienes me relajan con que yo soy como la auyama (que nací con la flor en el 🍑…) porque cuando me llega la suerte, lo hace de formas sorprendentes y esta que te voy a contar no fue la excepción.

Resulta que estando en Addis Abeba (Etiopía) se presentó una oportunidad muy curiosa: por una serie de eventos afortunados (para mi, al menos) un grupo había cancelado sus vacaciones dejando una buena parte de los gastos pagos. Para no hacerte la historia larga, así como dos más dos son cuatro yo acabé colada (y con un mega descuento que lo hizo pagable) en un tour en el que se recorrerían unos 3,500 kilómetros y más de 40 horas de trayecto por carreteras y destinos de un país que tenía años soñado visitar. Y así fue como literalmente, casi de un día para otro, mi agenda cambió de forma radical y ante una oportunidad de oro que me fue puesta en bandeja de plata: me fui pa’ Sudáfrica.

¿Hice algo especial en este viaje? Hell YEAH!!
Digo, quizá para tí lo que yo hice sea algo cotidiano, pero yo no todos los días me tiro de un puente en uno de los bungy jumps más altos del mundo (jondiá que puedes ver acá, en caso de que te la perdieras: https://remolacha.net/2019/02/venconmigo/ ), ni mucho menos tengo aventuras a lo Nat Geo Wild (a menos que manejar en Santo Domingo cuente como irse de safari, tema que habría que discutir a profundidad)… Sin más preámbulo te hago la invitación: “Ven conmigo”, de forma virtual, a revivir fragmentos de la singular experiencia en que pagué para convertirme en una brechera.

Como te decía, hay una serie de cosas que uno desea y no se atreve ni a soñarlas porque las percibimos como imposibles. Ir a un safari en África, para mí, pertenecía a esta categoría y la idea de hacerlo no me pareció viable hasta que -literalmente- estuve allí.

Esa que ves en esta foto era mi cara de “me duele hasta el alma, necesito dormir, estoy agotada, me pica el hambre, tengo mucha sed, requiero un baño con urgencia”… Eran muchas las sensaciones que invadían mi cuerpo tras horas y días ininterrumpidos de carretera, pero esa también es mi cara de: ¡O MAI GÁ, DETRÁS DE ESA PUERTA ESTÁ UN SUEÑO QUE NI ME ATREVÍA A SOÑAR!

Dentro de mi incredulidad no me había ni preparado mentalmente, ni me había hecho expectativas sobre esta parte de la aventura, así que llegué algo así como una hoja en blanco y, a pocos minutos de haber cruzado la puerta me fui dando cuenta de cómo funcionaba el asunto.

Al menos en este parque (no sé si eso es estándar o cada uno hace lo que quiere) tú llegas en un vehículo a la puerta, pagas un impuesto, te dicen algunas reglas y entras. A partir de ahí estás de tu cuenta con un mapa de papel a lo “vieja escuela” gracias al cual vas conduciendo por una serie de calles interiores del perímetro protegido. La mayor parte del tiempo acabas con el pescuezo tieso de mirar para un lado y al otro, sin notar nada y en lo que esperas, los segundos se vuelven minutos y los metros, kilómetros.

De repente alguien grita y apunta: ¡allí! y tu corazón se acelera.
Te enfocas en el lado que señalaron y normalmente a la primera no ves nada porque los animales suelen estar muy bien camuflados por aquello de que si los ven con facilidad se los comen. Tras hacer mucho esfuerzo de notar cual es la roca que parece respirar o la mata que se mueve raro logras identificarlos. Ellos suelen estar en plena tranquilidad, como si no les importara que una recua de brecheros (entre ellos tú), esté ahí echándoles el ojo y metiéndose hasta en los asuntos más ‘personales’. Repleto de curiosidad les observas por algunos instantes, haces las fotos de lugar y, al cabo de un rato, inicia de nuevo el movimiento del vehículo en la búsqueda de otros «sujetos» que ver, proceso que dura, básicamente, todo el día… Te confieso que aunque llega un momento en que dar tantas vueltas agobia y que efectivamente se siente que se va a borrar la raya del… trasero, de durar tanto tiempo en el asiento. Pero ante cada encuentro yo volvía a sentir la misma emoción y fascinación que sentía cuando niña y estaba destapando los regalos de navidad.

Ahora, esto que te cuento es de la versión reflexionada luego de haber llegado, pero ¿cómo me sentí allá abajo en el fin de África en busca de bichos exóticos? ¡Dale a play, que acá te lo cuento!

Cuando, explotándome de la emoción, le comenté a una amiga en lo que estaba me dijo con entusiasmo: ¡estoy esperando un selfie súper cool tuyo con esos bichos raros! Y si al igual que ella crees que eso es posible, mejor apéate de esa nube: uno no puede acercarse a los animales salvajes. ¿Por qué? Primero porque que cuando se hace un safari hay reglas diseñadas para cuidar tanto a las distintas especies como a los humanos que los visitamos y la más crítica de ellas es que está TERMINANTEMENTE PROHIBIDO desmontarse del vehículo. Segundo, aunque uno se siente altamente tentado a bajarse y tocar o abrazar a los animales, no hay que olvidar que por algo son salvajes: ¡NO están domesticados! Y que como humanos tenemos todas las de perder pues ellos nos superan tanto en fuerza como en velocidad y que cualquier error puede hacer que acabemos siendo la cena de algún león, hiena, perro salvaje o cualquiera de los otros depredadores allí presentes… En vista de esto elegí que mí que me dejaran con los selfies a distancia porque, a todo esto, al bajarte no sólo pones tu vida en riesgo, sino también la de quienes andan contigo.

Algo que descubrí es que cuando se está en un safari la colaboración es suma y extremadamente importante. Uno se vuelve como una gran comunidad llena de gente buena onda entre quienes se van regando pistas que ayudan a llegar al lugar y en el momento preciso a disfrutar de los distintos espectáculos naturales. A mi, de hecho, me pareció súper lindo el ver cómo se creaba ese espíritu de colaboración entre desconocidos y se desarrollaba un ambiente casi sagrado, de silencio sepulcral, al estar cerca de los animales. Para contribuir a decidir a donde ir, además del boca a boca, uno cuenta con murales como éste en cada campamento, donde con un imán de colores se reporta el sitio de avistamiento de cada especie con el fin de ayudar a los otros visitantes y a los mismos guarda parques.

Y ya me callo, que de lo que me tocaría ahora arrancar a contarte sería de los animales que me encontré, pero ya esto va muy largo así que mejor seguimos en otro artículo, para que no anden luego diciendo por ahí las malas lenguas que ahora me estoy robando Remolacha.net para mi solita (entre muchas otras plumas de burro que se inventan por ahí).

¡Cuéntame de ti! Quiero conocer TUS opiniones, impresiones y hasta ilusiones si quieres, de este lado de pantalla soy toda ojos, así que te paso el teclado 😜

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